A días de cumplirse 102 años de la gesta fundacional de la Colonia Eldorado, incontables relatos sobrevuelan la memoria colectiva y nos interpelan como sociedad.

Barcazas multiparlantes encallando entre las piedras tras su travesía por el Paraná; y luego hacha, machete y azada para descubiertar la selva indómita y rugiente.

Transpiración, letanía y ritmos de otros mares. Palos rosa y acordeones. Velas y temporales de verano. Parteras y milagros de medianoche. Rojos interminables tiñendo las picadas. Tragedias devoradas por las siestas y arrullos en la sombra.

Trasnoches de compunción y atardeceres de esperanzas. Ahogados en los arroyos y renacidos en los yerbales. Coros a Dios y holocaustos de tronzadoras. Verbos garabateados y sumas con tizones. Fermento y úlceras. Gritos silenciosos reventando el pecho y sangre gringa cociéndose al sol.

Leyes de palabras y traiciones a puñal. Basalto y suspiros. Lunas redondeadas y pagarés de olvido. Pacú, reviro y promesas. Fiebre, barbacuá y pindó. Dados y entrevero de caña y ardor. Añoranzas tibias y mentiras bajo el soldenoche. Amores prohibidos y sabrosos. Los tigres merodeando y la pólvora humedecida en la faja gris deshilachada. Mandioca y maíz. Paisanos y criollos.

Galopes por venganza y padrenuestros entre el tacuaral. Espaldas encorvadas por los trillos al arenal mientras la humareda acaricia los timbós. Charque y harina. Un pizarrón maltrecho y un campanario puntual. Libros deshojados despiden cartas sin escribir, terruños por olvidar, cielos sin alcanzar.

En este pedazo del paraíso perdido los colonos fueron capaces de hallar su Tierra Prometida. De hacer realidad sus mejores sueños. De dejarnos un legado indeleble que nos pregunta desafiante. ¿Cuánto somos de los que fueron? ¿Qué heredamos en virtud? ¿Tributamos su heredad?

Tal vez subiendo por el empinado barranco del puerto viejo encontremos las respuestas.

 

Por Pedro Krulewesky, periodista.

Eldorado, Misiones; Argentina

Septiembre de 2021