Estos últimos días, el país y el mundo entero se vieron conmocionados ante el fallecimiento de una persona que causó tanto ruido como su vida misma. Amores y odios cruzados ante un hombre que no dio pasos desapercibidos. Vivió tan intensamente que su paso por el mundo atravesó a millones.

Una persona que tuvo que trascender al Diego sujeto para transformarse en Maradona. Hubo tantos Maradonas como contradicciones mismas: Maradona cebollita. Maradona campeón del mundo. Maradona que le gana a los ingleses. Maradona padre. Maradona ídolo. Maradona mujeriego. Maradona violento. Maradona compañero. Fueron tantos Maradonas que casi le ganaron por goleada al Diego persona. Pero el partido más importante que jugó en su vida fue el de vencer a sus propios demonios.

Un deportista que superó su lugar en la cancha para saberse sujeto político incómodo ante las desigualdades de su pueblo. Que vistió la 10 con la responsabilidad que solo conocen aquellxs que se han atrevido a desafiar al poder para representar a las culturas populares; que luchó para que el fútbol sea de todxs y no el negocio de unxs pocxs; que sentó postura en los momentos más difíciles; y que no abandonó sus ideales en la puerta de ningún estadio. Que, en su rol de ídolo popular mundial, se convirtió en símbolo de la lucha de los pueblos y supo estar siempre del lado de lxs humildes.

Entonces la respuesta es sí. Sí se puede ser feminista y maradoniana porque entender que el movimiento feminista defiende las mismas banderas que Diego, es abrir las puertas del feminismo para que se pinte de negrx, de villa, de pueblo.

Es justo decir que se puede ser feminista y bancar al Diego, porque en el fondo sus luchas y las del movimiento feminista se encuentran en el camino de conquistar nuevos derechos para quienes siempre han sido excluídxs del sistema. Los feminismos populares luchamos, al igual que Diego, contra las opresiones sociales del patriarcado y del capitalismo que han osado históricamente querer borrarnos de la historia.

¿Qué banderas levantamos si somos indiferentes ante el dolor de un pueblo que sale autoconvocado a las calles, como respuesta natural, a despedirlo, que es velado en la Casa Rosada, y que es homenajeado en cada rincón del mundo?

Negar y demonizar la figura de Maradona por sus errores es ignorar los problemas estructurales de una sociedad patriarcal y las complejidades de la vida misma. Es exigirle a una persona una suerte de deshumanización para convertirse en un Dios políticamente correcto que no cometa errores, que no tenga adicciones, que se dedique a la pelota y que se quede callado.

¿Qué feminismos estamos construyendo si la respuesta fácil es la cultura de la cancelación directa y clausurar la discusión? Problematizar solamente al Diego es negar que es un fiel reflejo de las sociedades que construimos.

«A mí no me importa lo que Diego hizo con su vida. Me importa lo que hizo con la mía». – Dice una mujer con los ojos vidriosos contenidos de llanto en Plaza de Mayo aquel jueves. Una mujer cuya generación creció viendo su gambeta haciendo magia con la celeste y blanca, y que vio por primera vez llorar de emoción a sus viejxs con la “mano de Dios”, cuando hacía tiempo que se había perdido el valor del abrazo colectivo.

Su muerte, como su vida, no podían pasar desapercibidas. No es casual que el paso a la inmortalidad de una persona que jugó un rol fundamental en la construcción de la Patria Grande que soñamos haya sido el mismo día del aniversario del fallecimiento de su amigo y compañero, el comandante Fidel Castro. Pensándolo ahora, con las emociones a flor de piel, el mundo les quedó muy chico para lo grandes que fueron.Pero que, en un acto de justicia, logrará vencer al olvido. Diego será para siempre un ícono mucho más allá del fútbol, que representará a la Argentina en cualquier parte del mundo, que abrazará pasiones de generación en generación. Que nos seguirá llevando a darnos las discusiones más incómodas, pero siempre sabremos que el Diego es pueblo, y que el feminismo popular se construye al calor de las contradicciones y abrazando las diferencias para transformarlas.

Por Agustina Andrade – Valentina González López | Ilustración Agustina Fimiani