Mientras la trasculturalización impone noches de brujas y zapallos enmascarados, nuestros Seres Sobrenaturales se resisten a abandonar sus acorralados refugios en la empobrecida –pero aún sobreviviente- selva paranaense. “Lo que pasó fue que los pinos avanzaron por todos lados, ni los arroyos respetan; así que unos cuantos se tuvieron que acercar para acá, con nosotros…; pero no lo nombre, porque se enoja y por ahí aparece…”. Por Pedro Krulewesky*
«Son espíritus del monte…; pero ¡cuidado!… ni hay que nombrarlo, porque se enoja, y ahí sí que nada ni nadie lo para…”, aconsejó don Penayo, sabio local que lo enfrentó en más de una tarde de octubre, cerca del Paraná.
Sin embargo, el Genio Protector más difundido del área guaranítica, no solo habita las siestas, en las que le adjudican la responsabilidad en algunos nacimientos no deseados ; porque según relatos, el Pombero llegó a la noche a ciertas viviendas habitadas por mujeres solas, y como no le ofrecieron tributos -cigarros, caña o miel- rozó sus vientres y las embarazó. “Así le pasó a la Luisa, la hija de Fermín. Y eso que esa gurisa cabezuda se reía grande cuando se le advertía…”; rememora el antiguo poblador del barrio Los Pinares; trasladándonos a las escenas de “María va” de Antonito Tarragó Ros y eternizadas por la cantora Mercedes, “…calcina al monte un sol de fuego, María va; temor Pombero, palmar, estero, María va. Quiso la siesta ponerle un niño a su soledad, de trigo y luna, y de su mano, María va […]».
“Los jóvenes de ahora ya no respetan nada y encima vienen de afuera y se llevan todo el monte…, y eso lo acorrala hacia nosotros”.
-¿Y la jovencita esa…?
“La gurisa de acá a la vuelta… la nieta de doña Asunción…; es una escuelera que dejó de ir hace poquito. Y no iba a seguir yendo así, con la panza creciendo… ¡Claro que está embarazada!; pero ni novio tenía; ¿y cómo fue entonces? Y, ¿cómo va a ser? Fue el bicho nomás”, asegura indolente don Penayo.
“La abuela me vino a ver los otros días; y me contó que después de la paliza, seguía insistiendo con irse en la siesta allá, bajando por la alta tensión hasta el arenal. Ahí dice que le llegó. En el tacuaral. Y según contó no estaba sola, había ido con una amiga, pero parece que a la otra no le hizo nada…”
-¿Y era…?
“¡Era nomás!… petiso, peludo, ¡Jeeesumaría gurisita!. Y se le dijo…, tanto le había prevenido la abuela”.
-Y por acá… ¿nunca vino…?
“A veces escucho unos silbidos, pero me hago el tonto, por las dudas. La otra vez había demasiado ruido dentro del horno, y le busqué al gato por si eran ratas, pero se plantó y no quiso ni que le arrimara a la puerta. Después vi que al rato se metió solito en el horno y olió todo y se bajó rápido. Y el perro igual; ladró grande y después se acostó a la sombra. Pero cada tanto se quedan locos esos dos…”
-¿Y eso ahí…?
“Miel de caña… y naco. Hay que ser precavido, y atento con la visita; total, un poco de refugio no se le niega a nadie”.
Quizás Penayo tenga razón; darle la mano a nuestros Seres Sobrenaturales nos haría mucho mejor que calzarnos esa exótica túnica negra y sonreír estúpidamente desde una calabaza: “gut nai jalogüín”.
*Pedro Krulewesky – Periodista
Eldorado, Misiones
