Como cada vez que competía algún deportista argentino en cualquier rincón del mundo, el Diego estaba ahí. Para alentar y sufrir desde la tribuna, para gritar triples, tries voleas y goles como un desaforado y hacer propias victorias y derrotas ajenas. Como en 2015, en la foto, cuando bajó al vestuario a felicitar a Los Pumas durante el Mundial. En ese sentido, Diego era incondicional de la camiseta argentina.
El gesto de hoy de Los Pumas, el haber elegido ser sólo espectadores del profundo y cálido homenaje de los All Blacks antes del ritual del haka, confirma una vez más que la raíz social siempre impone condiciones. Nada costaba un mínimo gesto, una camiseta 10 (ayer nomás, la selección de básquet salió a la cancha con todo el plantel vistiendo el número 10), un aplauso, una palabra sobre lo que representa Diego para el deporte argentino, pero algo. En cambio, la indiferencia fue la decisión. Porque no haber hecho nada es elegir y tomar posición. Esa indiferencia cheta viene a llenar más páginas de esa lectura social que rodea al rugby y lo define como deporte elitista, propio de familias de doble apellido, típico de rituales rústicos como tacklear linyeras en las calles o pegarle a un pibe entre varios a la salida de un boliche. En Nueva Zelanda el rugby es un deporte de profunda raíz popular y en el que los maoríes originarios se destacan desde el origen mismo del juego, por eso el respeto de los de negro.
Los Pumas tuvieron su oportunidad. No costaba nada. Pero la indiferencia (porque un pedazo de cinta aisladora negra en el brazo es la nada misma) es toda una postura.
Después, ganaron los All Blacks 38 a 0
Fuente: Revista SUDESTADA