El negrito de la villa le ganó la pulseada al destino. Es cierto, su indecencia no calmó la hambruna del mundo, ni la rebeldía de su zurda desterró a santurrones imperiales.
No supo curar empachos ni culebrillas, pero apiló -para nuestra alegría- cíclopes y piratas. La ciencia y los místicos peleaban por patentarlo, mientras cientos de colmillos sangraban sus tobillos y lo hundían en blancos resplandores.
Devino entre noches sin cenas a palacetes complacientes; a alimentar nuestros mejores sueños mientras luchaba en los abismos.
Y ahí está otra vez, calzándose la 10; metiéndose en la eternidad, gambeteando la tristeza para clavarla de cachetada en el ángulo de la injusticia.
El negrito de la villa está de regreso en el Paraíso.
Pedro Krulewesky