Opinión: Ariel Domínguez
Licenciado en Seguridad – Mat. Nac. 00198                                                                                                                                      Nota que será presentada al Foro Latinoamericano de profesionales en Seguridad

Luego de la caída de la crisis del estado de bienestar, en la cual comienza a darse en los países más desarrolladas como consecuencia de la globalización y el sometimiento de las políticas económicas, monetarias, laborales y sociales de cada país a las exigencias de los grandes bloques políticos-económicos, ha supuesto el fin de la autonomía del estado para diseñar su propia política económica y sus sistemas de protección social.
La política prioritaria de generación de empleo, que ha constituido el eje central de las políticas de bienestar hasta mediados de los años setenta, se ve sujeta a las exigencias monetarias y al funcionamiento del libre mercado, que como resultado del desarrollo de la tecnología de la información, ha adquirido una dimensión sin límites, y los intercambios se producen a escala mundial, dando origen a un movimiento vertiginoso de intercambios de capital, mercancías y personas.
Comienza a producirse un ajuste y reestructuración de los sectores productivos, como resultado de la incorporación de las nuevas tecnologías y del desarrollo de un mercado nacional cada vez más internacionalizado y globalizado. Las planificaciones económicas y las políticas sociales no alcanzan los objetivos previstos debido a los desajustes que se producen en las economías de los países desarrollados, lo que dificulta las previsiones a corto y largo plazo.
Según Robert Castel el laberinto de la crisis por la cual atraviesan las sociedades contemporáneas postindustriales plantea hoy, como en el pasado, la resolución del problema de la cuestión social. Es decir de aquellos individuos que encuentran cada vez más difícil su inserción laboral estable en un mercado altamente competitivo y flexibilizado, dan cuenta de la creciente precariedad laboral, pero al mismo tiempo dan cuenta del fenómeno de la desintegración de los mecanismos que garantizaban la cohesión social. Esto quiere decir que, la descomposición de un conjunto de dispositivos o de mecanismos de solidaridad social que promovían la integración del individuo en el tejido social. Destacaba que el individuo necesita de un conjunto de de recursos y de regulaciones colectivas, que garanticen tanto su supervivencia material como su integración social
Es de menester destacar la necesaria intervención del estado durante los períodos de recesión económica, no sólo para dinamizar el mercado sino también para hacer frente a las consecuencias sociales que los desajustes económicos van produciendo, con medidas de política y protección social.
Estas actuaciones públicas han originado un fuerte crecimiento del gasto público, como consecuencia de la ampliación de los sistemas de protección social, que se ha producido para evitar que la crisis económica condujera también a una crisis social. El período de ajuste y adecuación de las economías nacionales al nuevo contexto internacional está siendo largo, por eso los estados han ido adquiriendo unos índices de endeudamiento elevados, lo que les ha obligado, en los últimos años, a promover políticas restrictivas que se han concretado en la disminución y descenso de los niveles de protección social. Esta situación ha provocado el debate en torno a la viabilidad del estado de bienestar, a corto y largo plazo, al encontrarse los gobiernos con dificultad para disponer de los recursos financieros necesarios para su desarrollo
La crisis sociocultural es también una crisis de motivación. Las aspiraciones de libertad y de igualdad, son compartidas por la mayoría de los ciudadanos del mundo desarrollado.

Según Loic Wacquant el fenómeno de la marginalidad esta estrechamente vinculado a los sectores más avanzados del proceso económico, instalándose como un fenómeno duradero. Y las políticas de penalización, que apuntan a la reducción de la criminalidad, no hacen más que acentuar las causas de la inseguridad social y económica: si no se contempla el cuadro social en su totalidad, se continuará reproduciendo la marginalidad.
Además menciona que es un error observar las formas actuales de la marginalidad afuera o detrás de nosotros.

1) La experiencia del sentimiento de ser rechazado, el desprecio colectivo, la estigmatización de esos barrios donde no es la misma en Estados Unidos con el blanco y los negros; (ejemplos dados en clase, donde la mayor de cantidad de presos son extranjeros preferentemente negros) en Francia, con los suburbios obreros y los inmigrantes; en Brasil, con las favelas, y en nuestro país con las villas miserias, la importancia de una política estatal que por dos lados aumenta y difunde la inseguridad social.
Por el lado de la desregulación económica y por el lado de la restricción de los programas de protección social. Esa turbulencia y esos desórdenes sociales que son creados por la desregulación económica y el retiro de la ayuda social, hay que contenerlos de alguna manera particular.
Con respecto a la contención desplegando el estado penal, la paradoja es que el despliegue de la policía, de la justicia criminal y las cárceles, es una respuesta que da el Estado a la inseguridad social que las políticas públicas crearon al regular la economía y reducir la protección social. Por eso es algo que se ve en el mundo entero. En síntesis nos da a entender que, nos permite dejar de vivir en lo privado bajo la ilusión de estar seguros, para que cada uno vea como se salva de la inseguridad y compartir lo público en el mayor bien común de estar seguros, que no es ya mi propio bienestar, sino la paz misma como el bien común.

2) Con respecto al lugar del trabajo y el asalariado en la nueva cuestión social, propuse aproximarnos a una posible conceptualización, aunque no única, que diera cuenta de nuestra realidad.
A partir del trabajo que la vida humana adquiere pleno sentido en la medida que es el punto de partida para la realización del ser social al tiempo que es la condición para su existencia
Hacia fines del siglo XIX las sociedades de Europa Occidental y luego el resto de las sociedades capitalistas van a presenciar el momento de mayor centralidad del trabajo como mecanismo de integración social. Esto se debe a que gracias a los «soportes colectivos» que garantizan la seguridad del individuo le permiten existir «positivamente» como tal. Es decir, ya no queda librado sólo ante el riesgo de no poder estabilizar su presente y su futuro (como lo estaba en el momento de la revolución industrial) y sí en cambio se encuentra respaldado por un conjunto de protecciones dentro y fuera del espacio del trabajo, pues posee un salario y una seguridad social en materia de salud, de vivienda, de jubilación, etc…
No debemos olvidar que este modelo de sociedad, que estructuró el mundo del trabajo en base a una nueva relación salarial, fue posible en el marco de una sociedad de pleno empleo (o si se quiere de cuasi pleno empleo) cuyo soporte político-institucional ha sido el Estado de Bienestar.
Sin embargo al adentrarnos en la era de la globalización aparece en escena la crisis de la sociedad del pleno empleo y de la sociedad salarial. La seguridad conferida por un mundo centrado en el trabajo y en el empleo cede su lugar a la inseguridad y al nacimiento de un lógica paradójica que encuentra su explicación en la persistencia de un imaginario colectivo cuyo fundamento es la convicción social y cultural de que el trabajado remunerado es (y seguirá siendo) el instrumento para no quedar en los márgenes.
La sociedad salarial pierde su centralidad en una sociedad donde el problema del desempleo se ha tornado en un problema estructural; es decir que no sólo el crecimiento de las tasas de desempleo se torna preocupante sino también la escasez de programas para generar puestos de trabajo estables.
Las certezas conferidas por el trabajo se desvanecen. En un contexto donde la propiedad social del individuo se desestabiliza. El «individuo positivo», aquel que encontraba estabilizada su condición social gracias a la presencia de soportes colectivos, cede su lugar al «individuo por defecto», que por oposición es un «individuo negativo» pues se encuentra en un estado de desprotección
Castel nos advierte que si bien es cierto que la cuestión social gira en torno al problema de la exclusión sin embargo no debemos perder de vista el problema de la vulnerabilidad social. «De modo que el problema actual no es solo el que plantea la constitución de una «periferia precaria» sino también el de la «desestabilización de los estables. Siguiendo esta idea el sentido del concepto de trabajo significa más que la condición del empleo. El trabajo es lo que define nuestra relación con nuestro entorno social al tiempo que genera nuestros lazos intersubjetivos.
La actual cuestión social se vuelve frágil no solamente a causa del retiro del Estado de su función social debilitando así los soportes colectivos que le conferían seguridad al individuo. Al mismo tiempo se ve agudizada por el creciente número de individuos que son expulsados del mercado de trabajo.
La sociedad salarial que se había caracterizado por un tipo de cohesión social, sobre la base de un equilibrio de integración social y material gracias a la centralidad del trabajo, se desvanece. El individuo está expuesto al peligro de no poder garantizar su reproducción material pero también su reproducción social desde el momento que el equilibrio de integración se ha roto.
En el transcurso del trabajo vimos la cuestión social bajo el cual definimos la situación de la crisis actual. Asimismo sostuvimos que en el contexto actual la condición del individuo se vuelve vulnerable, al ser inestable y precaria su inserción en el mundo del trabajo y al carecer de las protecciones sociales también se torna frágil su lugar en el espacio social.
La inscripción de seguridad a la condición de individuo que se había alcanzado gracias a la presencia de los soportes colectivos, hoy se vuelve problemática.
La figura del trabajador que había adquirido su reconocimiento social bajo el status de ciudadano con derechos civiles, políticos y sociales en el seno del Estado de Bienestar hoy se vuelve un «ciudadano precario» al no encontrar un techo a su incertidumbre y a su inseguridad. Ausencia de oportunidades que impiden el desarrollo integral y participativo de un individuo. La precariedad ciudadana describe una situación general de necesidad. La ausencia de políticas sociales orientadas a garantizar una seguridad ciudadana ante los riesgos de desempleo, de enfermedad o de vejez, promueve esa precariedad producto de la desintegración social.
En la era actual al evaporarse los soportes institucionales de la propiedad social conjuntamente se evapora la identidad entre las categorías de trabajo y de ciudadanía con lo cual se termina fragmentando el valor de integración social que ésta identidad configuraba.
El eje argumentativo fue describir dos procesos convergentes: por una parte, la creciente precariedad laboral producto de una reestructuración económica que tiende a flexibilizar el mercado y las condiciones de contratación.
Por otra parte, el marcado proceso de vulnerabilidad social al que tiende nuestra sociedad como la otra cara del proceso de reestructuración económica que debilita los lazos de integración tanto individual como colectiva. Los cambios normativos que flexibilizaron las contrataciones fueron el marco legal que formalizó el proceso de precarización que se venía dando en el mercado de trabajo.
Nuestra conceptualización de la crisis actual en términos de una creciente fragilidad de la cuestión social, donde los mecanismos de integración, tanto material como social, que otorgaba el trabajo hoy se desintegran.
Pero al mismo tiempo esta desintegración revela cuán débil se ha tornado el principio de ciudadanía social poniendo a su vez en jaque los pilares sobre los cuales se sustenta nuestra sociedad democrática.
En este contexto la ciudadanía se vuelve un principio deficitario. La ciudadanía precaria que se está configurando en nuestra sociedad plantea, una vez más, el problema de la cuestión social. Al evaporarse la centralidad del trabajo «todo lo sólido se desvanece en el aire». Precisamente al desintegrarse el equilibrio social la cuestión social se vuelve frágil. Un ejemplo evidente es la creciente expulsión que sufren los trabajadores del mercado de trabajo y la consecuente desprotección a la que están sujetos luego del retiro del Estado de su función social y asistencialista. Estos indicadores inciden reforzando la fragmentación social al haberse desintegrado los mecanismos que garantizaban la cohesión social.
En este sentido revertir el proceso de precarización de las condiciones y de las relaciones laborales debe ser un tema de primerísima prioridad en la agenda política.
Si bien es cierto que la creciente vulnerabilidad social plantea grandes interrogantes, en la medida que los gobiernos de turno no diseñan los programas para revertir esta problemática, el desafío de la política es, hoy más que nunca, la elaboración de programas genuinos donde el bienestar social sea un objetivo no sólo para paliar problemas en el corto plazo sino también promover soluciones estructurales que contemplen el mediano y largo plazo.
Los objetivos pendientes son muchos. La nueva creciente de la cuestión social es una prueba de ello. Sin embargo la solución no reside en priorizar las políticas de ajuste sino en priorizar una reforma institucional tendiente a alcanzar la equidad, la justicia y el bienestar social. Es cierto que la fuerte crisis económica debilita las estructuras sobre las cuales el Estado promovía sus políticas sociales y de asistencia, pero también es cierto que el retiro de este Estado debilita las bases de legitimidad sobre las cuales se sustenta la democracia. El reemplazo de la ciudadanía social por una ciudadanía precaria es el gran comienzo.
La sociedad que netamente es responsable no expía solo a los culpables sino que se ofrenda como responsable al asumir que lo que pasa allí afuera en la realidad, proviene de una profunda crisis de valores que nace aquí adentro, en nuestra propia interioridad.

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