Lucas Emanuel Rodríguez terminó su turno el sábado por la tarde en el supermercado y regresó a la pequeña vivienda que alquilaba cerca de allí. La semana había sido muy exigente, repartida entre el trabajo, el curso de Electricidad y las reuniones en la Iglesia. Preparó el mate extrañando los sábados de su San Pedro, los consejos de Hilda -su madre, el encuentro con amigos y el amor de su familia, a la que visitaba puntualmente al menos dos veces al mes. Eldorado había abierto nuevas oportunidades en la vida del joven de 22 años y decidió aprovecharlas, especialmente porque ya una hermana se había asentado allí y alimentó sus ilusiones de progresar. Los mensajes de algunos amigos lo convencieron de resignar el descanso para el domingo: esa noche iría al boliche. Nada presagiaba la tragedia. Su entusiasmo aumentó mientras cenaba y poco después bajaba del colectivo local en la parada del centro, sin imaginar que en ese lugar la muerte lo emboscaría horas después. Pasadas las 4:30, Lucas consideró que la noche había consumido sus energías y era momento de regresar. El culto de la mañana renovaría su fe y lo alentaría a seguir esforzándose tras sus objetivos. Pero una manada de más de 10 chacales lo cercó amenazante a la salida del bailable y lo siguió hasta la avenida donde esperaría el colectivo. Provocaciones, insultos y algún empujón detonaron la tragedia. Los cobardes pandilleros se abalanzaron sobre Lucas y lo golpearon ferozmente, mientras otros imbéciles registraban todo con sus celulares. Volvió a levantarse una y otra vez, pero los golpes habían quebrado su resistencia. Solo trató de defenderse corriendo del lugar pero una nueva agresión lo derribó y las patadas lo aturdieron por completo. Quizás haya podido estar un instante con doña Hilda, comer esas chipas incomparables y hasta soñar con el viaje al sur del país. Su cuerpo adormecido no parecía pertenecerle, y así como las vertiginosas imágenes de su vida pasaban recordándole la infancia, el dolor lo acercaba al calvario en el que conoció la promesa de redención. El resplandor de los teléfonos que seguían filmando lo enceguecieron y solo por la sangre caliente en su boca supo que era real aquel padecimiento. Las jóvenes bestias -conocidas e identificadas por sus reiteradas grescas y delitos, saciaban su sed golpeando y golpeando, hasta dejarlo desvanecido; yéndose impunemente y vociferando su descontrol. Alguien llevó a Lucas hasta su casa aquella madrugada y lo dejó allí. En el supermercado se extrañaron ante su ausencia de lunes y martes. Recién el miércoles fueron a verlo y lo encontraron tirado en el suelo, desfalleciente e inmóvil. Los golpes le habían fracturado distintos lugares del cuerpo y causado desangrado por dentro -sepsis diría más tarde la autopsia. Lucas ingresó a Terapia Intensiva del Samic y falleció el domingo, llevándose sus mejores sueños y dejando a Hilda Olivera envuelta en el peor dolor. El recuerdo por Lucas Emanuel Rodríguez grita su pedido de justicia; interpela a una sociedad violenta y desmembrada que sobrepasó cualquier límite y respeto por la vida, y a la que nadie pareciera importarle demasiado. Un patrullero policial estaba apostado a metros del lugar del ataque, las cámaras de vigilancia no aportaron información, la readecuación del flamante Consejo de Seguridad Urbana aún no pisó terreno, y solo el testimonio de algunos pocos testigos se animan a romper el hegemónico “mientras a mi no me pase” para contar lo que sucedió el 17 de abril. Debemos despertar antes que sea tarde; o cuántas vidas más estaremos dispuestos a sacrificar con nuestra indolencia?                                 Por Pedro Krulewesky

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